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La Cadena del Water: auge y caída de una radio libre (Luis Landeira)

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Mensaje por Demoniolus 27/5/2021, 13:13


La Cadena del Water: auge y caída de una radio libre



Publicado por Luis Landeira 09/02/2021


Red de Emisoras del Movimiento, Cadena Azul de Radiodifusión, Cadena de Emisoras Sindicales, Radio Nacional de España, Cadena COPE, cadena SER. Estas eran, básicamente, las emisoras de radio toleradas por el régimen de Franco. Con la democracia las cosas no cambiarían demasiado y, aún hoy, algunas de esas cadenas siguen cortando el bacalao en el dial español. Y es que en la radio española nunca ha habido mucho margen para la libertad. Nunca… excepto entre 1975 y 1988, cuando, aprovechando el vacío legal, surgieron cientos de emisoras libres y sin censura que desdibujaban las fronteras entre locutores y oyentes.

No es fácil definir la radio libre, tratar de englobar en un mínimo común denominador ese puñado de emisoras salvajes, anárquicas y pendencieras. Se intentó en 1983 con el Manifiesto de Villaverde, que definió la radio libre como una «respuesta al derecho de toda persona individual o colectiva a expresarse libremente y criticar y ofrecer alternativas en todo aquello que le afecta directa o indirectamente», con objeto de «llevar la comunicación al marco cotidiano y luchar contra su monopolio y centralización». Asimismo, las radios libres se caracterizaban por ser medios participativos, autogestionarios, sin ánimo de lucro, al margen de los grupos de presión políticos y económicos, de espaldas a la publicidad y ajenos a todo compromiso que no fuera el de difundir la realidad sin cortapisas y las opiniones sin limitación.

Según esta definición, fueron radios libres, entre otras, Ràdio Maduixa de Granollers, Onda Verde Vallekana, Radio-Ola, Radio Luna, Radio Rara, Radio Tú, Radio Negra, Radio Piel Roja, Radio Jabato, Radio Fuga, Onda Merlín… y, por supuesto, Arradio La Voz de la Experiencia de la Cadena del Water, popularmente conocida como la Cadena del Water: la primera, la más grande y la más libre emisora libre de España y parte del extranjero. A continuación, su loca peripecia.

El germen de la Cadena del Water nace en la Nochebuena de 1977, primera emisión de lo que aún se llamaba Radio La Voz del Pobre. Escucharon ese primer programa la friolera de diez mil personas y se recibieron ciento diez llamadas, unas cifras asombrosas si tenemos en cuenta que no se hizo publicidad y todos eran oyentes casuales que se toparon con la emisora trasteando al azar con el dial. Como dijo Pepe, técnico y cabeza visible del proyecto, en una entrevista publicada veinte años después en el fanzine Mondo Brutto, «la nuestra era una emisora de dos vatios, que solo se oía en la zona de Chamberí. Los que allí empezamos éramos radioaficionados y demás compañeros de Telecomunicaciones. Nos juntamos unos cuantos a los que nos apetecía hablar y que nos oyeran». Los componentes de la emisora atendían por motes o nombres de pila: amén de Marichu, señora de Pepe, estaban Juanqui, Albertín, El Tinta, Suso, Antonio, Elisa, el Cura, Jaime, Miguel, Carlos… y posteriormente, el Patines, un oyente que acabó siendo arte y parte del asunto.

En los programas de la emergente emisora, los locutores ejercían también de técnicos, como explicó Suso en una entrevista concedida en 2015 al programa Iguana Rock de Radio Vallekas: «En la cadena, el que hacía el programa también mezclaba los discos. Teníamos una mesa de mezclas pequeñita que había hecho el Cura, y nos apañábamos. Recuerdo aquel teléfono, que era como el de los Munster, y apretabas la línea telefónica y siempre había alguien, oías “¡hijoputa!”, que es como nos saludábamos entre nosotros».

Pese al éxito, en 1978 La Voz del Pobre desapareció de las ondas, para reaparecer en 1982, en el 106.8 del dial, ya con el nombre definitivo de La Voz de la Experiencia de la Cadena del Water. La pericia de Pepe y el Cura con las maquinitas dotó a la emisora de una infraestructura envidiable, con repetidores repartidos por todo Madrid y provincias limítrofes: «Pensamos emitir en FM porque entonces solo había en el dial seis emisoras y sabíamos que en cuanto saliéramos nos iba a escuchar mucha más gente», sentencia Pepe. Era el principio de una gran aventura.

Los locutores de la Cadena del Water hablaban ante el micro exactamente igual que en la calle o en el bar, fieles a la lapidaria filosofía de Pepe: «Una emisora libre es aquella en la que tú dices lo que te da la gana». Y vaya si lo decían, haciendo gala de un verbo sucio, soez, blasfemo y escatológico, a caballo entre la jerga cheli, el exabrupto punkarra y el caca-culo-pedo-pis preadolescente. Años después, Pepe confesaría que «no buscábamos ningún efecto, éramos así. Yo entonces era muy grosero. Si en la vida privada estaba todo el rato con el “me cago en Dios”, ¿por qué me lo iba a callar en la radio? En aquella época era más chocante, y si se te escapaba en una radio oficial ya la habías liado». Además, en La Cadena eran especialistas en reciclar frases malsonantes: por ejemplo, abrían escupiendo algo como «y así, sin más prepucios… ¡comenzamos!» y se despedían exclamando un «¡hasta los huevos!» que hacía temblar el transistor.

Pero los auténticos protagonistas de la Cadena del Water eran los oyentes, o, mejor dicho, «los dementes», como les llamaban los locutores o «loputores». Al fin y al cabo, esos dementes sostenían la emisora, tanto asistiendo a la multitudinaria fiesta de nochevieja que montaban cada año como ingresando unos generosos donativos, que llegaron a alcanzar los dos millones de pesetas anuales. Esto le permitió a la emisora ser independiente y no tener que encajar cuñas publicitarias.

En cuanto a la programación, había espacios sobre asuntos tan dispares como tebeos, psicología, zoología, platillos volantes, «cine y esas cosillas» o «música de carretera y drogas», todos ellos trufados con constantes intervenciones de los dementes. Pero los programas estrella de la emisora eran el Boletín imperiodístico, un informativo deslenguado que se emitía a mediodía, y Gran actuación, una anfetamínica y verborreica tertulia que reunía a todos los locutores de la radio los viernes por la noche, que hablaban entre ellos y con los enajenados oyentes de lo divino y lo humano, esto es, política, religión, sexo, drogas y todo tipo de tabús. En la Cadena del Water vomitaban sapos y culebras sobre todas las creencias, ideologías y poderes, en un corrosivo ejercicio de terrorismo cultural que les hizo ganarse el amor de las masas y el odio de otras emisoras más comprometidas: los de Onda Cero les echaban en cara inclinaciones «fachosas», presentes en un humor negro que, según ellos, rezumaba machismo, racismo y homofobia; y los comunistas la tildaban de «radio pirata», cosa del todo absurda, pues era una emisora «alegal» y no «ilegal».

Más allá de ideologías, en la Cadena del Water reinaba un nihilismo radical que solo comulgaba con el caos. Y esto también se reflejaba hasta en una programación musical que simpatizaba más con el punk de línea chunga que con la omnipresente movida. Como recuerda Albertín, «poníamos mucho a La Polla Records, a los Toy Dolls… de hecho, nos visitaron los del sello Ohiuka y nos trajeron el primer disco de Barricada». Además, se atrevían pinchar música de los setenta, grupos tan mal considerados en los ochenta como The Tubes, Rainbow, Blackfoot o Credence Clearwater Revival, y fueron pioneros en dedicar programas enteros a poner canciones bizarras. Eso, además de las novedades discográficas del momento, que en la Cadena del Water criticaban tanto para bien como, sobre todo, para mal. Pepe asegura que «siempre se lo dejábamos claro a las casas de discos: si el disco era bueno, lo íbamos a poner, pero como fuese malo, lo íbamos a poner a parir. De hecho, una de las cosas más celebradas de la programación era el romper discos en directo, porque la mayoría eran una mierda. Lo poníamos y si no nos gustaba directamente lo rompíamos».

Gracias a el boca a boca y a una infraestructura funcional y totalmente operativa, el éxito de la Cadena del Water llegó a ser tan apoteósico que desbordó todas las previsiones de sus factótums. Como apunta Suso, «recibíamos tal cantidad de llamadas que tuvimos que poner dos líneas telefónicas, porque el teléfono sonaba sin parar. Por ejemplo, estábamos de juerga por Malasaña y teníamos que coger cualquier cosa dentro de la emisora y el teléfono estaba sonando. Era increíble». Durante muchas emisiones, la línea telefónica se abría de par en par, de tal forma que los oyentes podían entrar en directo en cualquier momento y llevaban todo el peso del programa. Suso rememora así una de esas intervenciones: «Por ejemplo, llamaba uno y decía: ‘“Buenas, estoy escuchando este programa tan interesante sobre la matanza de las focas en el ártico, y quería decir que… ¡vais a morir todos, arriba Españaaaaa!”». En una ocasión, un corte eléctrico averió la emisora y la programación siguió por teléfono durante dos horas: «La gente era tan forofa que nos llamaba igual y opinaba aún sabiendo que no se iba a escuchar».

Con prisa y sin pausa, la arradio se convirtió en una institución oficiosa, en un secreto a voces, en una multitudinaria celebración del desparrame. Y sin embargo, nadie sabía ni quiénes eran los locutores ni dónde demonios se ocultaban, cosa que contribuyó a inflar aún más su leyenda sónica: «Es que si se hubiera sabido dónde estábamos, se nos hubiera llenado la emisora de colgados, y al final nos habrían cerrado por desórdenes públicos», alega Pepe. Pocos sospechaban que la sede de la emisora se encontraba en el bajo del número cuatro de la calle San Vicente Ferrer, Malasaña, en lo que el cabecilla de la arradio describe como «una cueva insalubre. Lo bueno es que te encerrabas allí y podías gritar y todo. Nadie te oía. De hecho, los vecinos se enteraron mucho tiempo después».

En el invierno de 1986-1987, una virulenta huelga de estudiantes se saldó con fuertes cargas policiales en las calles de Madrid y la aparición de personajes como el Cojo Manteca, aquel discapacitado punk que destrozaba mobiliario urbano a golpe de muleta. Cierto mediodía, en el Boletín imperiodístico de la Cadena del Water, los locutores abrieron el micrófono a los oyentes y estos, enfurecidos, empezaron a intercambiar consejos para enfrentarse a la policía. Entre otras cosas, recomendaron el uso de bolas de rodamientos para que resbalaran los caballos, la colocación de alambres cruzando las calles «para que cuando pasen los maderos con las motos se corten el cuello», la utilización de escobas impregnadas de petróleo y ardiendo para prender fuego a los agentes o el uso y abuso de tirachinas: «Hay que apuntar a la cabeza o a las piernas del madero. Y una vez doble, hay que echarse encima de él y aplastarle con el escudo».

Fruto de esta emisión, varios responsables de la Cadena del Water fueron detenidos por alentar a la violencia e incitar al desorden público. Pepe pasó dos noches en los calabozos: «Recuerdo que los demás estaban preocupadísimos, aunque yo sabía que me iban a soltar enseguida, porque yo no había hecho nada salvo partirme de risa durante todo el programa». Tras un juicio de faltas, los cargos fueron desestimados, pero La Cadena del Water ya estaba en el punto de mira. Y con ella todas las radios libres.

Pese a los problemas con la justicia o precisamente por ellos, en 1988 la Cadena del Water tocó techo: con entre setenta mil y quince mil oyentes, superaba la media de audiencia de las emisoras comerciales. Por esa época hasta lanzaron una revista, W.C. Plus, órgano oficial de la emisora orquestado por el dibujante Albertín Sobórnez en cuya segunda portada aparecía un enano con cabeza de Felipe González defecando en un váter. El cierre de la emisora hizo que la publicación no pasara del número cuatro.

No fue el vídeo quien mató a la estrella de la arradio, sino la Ley de Ordenación de las Telecomunicaciones (1989). Por un lado, emisoras como la Cadena del Water rivalizaban con la SER y otros medios oficiales; y, por otro, resultaban tan indomables que incomodaban al ya desenmascarado gobierno del PSOE, que sintonizaba más con las políticas neoliberales de Reagan o Thatcher que con el «obrero» de sus siglas. La Cadena del Water se despidió por todo lo alto, regalando a sus oyentes cuarenta y ocho horas seguidas de emisión que terminaron en la madrugada del 13 de marzo de 1989. Acto seguido, los locutores cerraron el chiringuito, no sin antes instar a todos los oyentes a que destrozaran sus aparatos de radio.

Han pasado tres décadas desde el cierre de la Cadena del Water, pero su sombra es alargada y alcanza a varias generaciones de dementes, que alucinan escuchando los programas que hay colgados en internet. Asimismo, los historiadores de los medios no dejan de estudiar este extraño fenómeno popular: ahí está el ensayo De la Cadena del Water o cómo una nueva forma de radio invadió nuestro dial, donde el profesor de La Sorbona José Emilio Pérez Martínez sostiene que la emisora «renovó la forma de entender y hacer radio promoviendo, casi sin querer, unas cotas de comunicación horizontal que difícilmente han vuelto a ser alcanzadas en los últimos treinta años».

Pero… ¿esa comunicación horizontal fue ofensiva o inofensiva? ¿Toleró el PSOE los excesos de Pepe y compañía para dar cierta imagen de libertad? ¿Fue la Cadena del Water algo más que una sonora gamberrada? Fuera lo que fuera, no puedo resistir la tentación de despedirme con la legendaria frase que zanjaba aquellos chirriantes y maravillosos programas: ¡Hasta los huevos!






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